¿A dónde vamos?

Vivimos en una era increíble. Para la mayoría de los habitantes de la Tierra, la comunicación sin esfuerzo, las noticias instantáneas y un mundo de diversión al alcance de la mano son el día a día. Estamos rodeados de «tentaciones» para entretenernos sin fin con aplicaciones con scroll infinito (Instagram, Amazon, Youtube, eBay, X, Bumble, …). Y sí, he incluído a los ecommerce porque hay infinitas personas enganchadas a ellas, que pasan horas al día escroleando sus listas de productos resistiéndose a la irresistible tentación de comprar algo que no usarán nunca.

La comodidad cotidiana ha alcanzado un nivel en el que cualquier cosa que no sea inmediata se siente como una carga. Esta realidad es simplemente la corriente cultural en la que nada la mayor parte del mundo moderno. También es cierto que esta vida moderna ha traído beneficios muy tangibles: tecnologías que salvan vidas, un crecimiento y progreso económico increíbles, comunicación global sin esfuerzo y muchas otras oportunidades que mis abuelos no habrían podido ni imaginar. Pero la comodidad no ha llegado gratuitamente.

La otra cara del progreso es que, junto con estos logros sociales, estamos viendo cómo otras cosas desaparecen lentamente. La paciencia (que es la madre de la ciencia), la concentración, la gratificación aplazada, la capacidad de convivir con una desafío el tiempo suficiente para resolverlo, la voluntad de construir algo despacio, de localizar y solucionar fallos, o de encontrar satisfacción en una mejora incremental ganada a pulso.

También estamos perdiendo la amistad real, la conversación y la conexión humana significativa. La comprensión de que los límites estructurales no siempre son un defecto, sino que pueden proporcionar guardas de seguridad para la vida y que, a menudo, son una virtud más que un fallo del sistema.

Ya no es ningún secreto que nuestro idilio con la tecnología de vanguardia tienes efectos muy negativos: la fijación con las pantallas, el comportamiento poco saludable a golpe de dopamina, la desaparición de nuestra capacidad de atención y la soledad. ¿Podemos llamarlo ya adicción?

Los sintomas son siempre los mismos: distracción severa, mayor ansiedad, niveles clínicos de impaciencia y un debilitamiento general de nuestra conexión con el mundo real que nos rodea. El mundo físico, más lento, limitado y frustrante, se trata como algo de lo que hay que escapar a casi cualquier precio.

Y a esto, solo la educación le puede poner remedio. La educación entendida como no darle un teléfono a tu hijo de 6 años, tener la fortaleza para borrarte Instagram, TitTok y X, no pasarte 3 horas al día delante del televisor, hacer deporte de forma habitual en vez de ir a todas partes con el odioso patinete eléctrico y preocuparte activamente si empiezas a engordar. Porque seamos claros, si estás gordo lo que tienes es un problema de salud, no estético y todas las campañas a favor de los «cuerpos no normativos» para defender la obesidad lo único que defienden es una muerte prematura.

Lo peor de todo es que cada vez la diferencia entre los que recibieron una buena educación y los que no, se va hacer más evidente y ya hoy en día estamos viendo que en ciudades como Madrid y Barcelona los mayores consumidores de televisión, redes sociales y patinetes eléctricos son la clase con menos recursos económicos y menos estudios. Gente que engorda a toda velocidad, que te atropella por las aceras, que se acuesta y se despierta con el teléfono en la mano, que se gastan el salario en teléfonos y pantallas grandes.

Gente que al final morirá temprano y sin haber vivido.